Eterna abanderada de la nostalgia, cumplir años pasada la candidez adolescencente comenzó a significar una mirada hacia atrás que, pese ser realizada con plena consciencia del embellecimiento que el velo del tiempo proporciona a los recuerdos, no puedo si no legitimar hasta la ferviente autoconvicción de que el pasado fue tan hermoso que hasta lastima.
Desde que tengo uso de razón, y hasta hace a penas tres años, escribía compulsivamente. Los descomunales manojos de libretas y papeles dan constancia de mi error: en su inmensa mayoría relatan desdichas, tragedias y desventuras, en la medida que estos términos son aplicables a la arquetípica vida de una joven estándar cuyos progenitores se mostraron eternamente devocionados a su labor parental. Una rápida hojeada a esos textos basta para comprobar que el ayer no fue tan bucólico como mi abigarrada mente quiere hacerme creer. Es más, si nos atenemos a dichos testimonios, podríamos extrapolar que la mía ha sido una juventud atormentada digna de la obra de Sylvia Plath.
Asimilar que la realidad consiste en una convergencia de ambos enfoques, el pesimismo ante lo vigente y la idealización del pretérito, supone para mí un esfuerzo rayano en lo inviable. He incubado un pánico atroz a la incertidumbre del futuro, abanderado por la impotencia ante el paso acompasado de los minutos.
Pero no quiero dar comienzo a la semiveintena (más uno) con una reflexión tan sumamente desmoralizante. Releguemos lo previo escrito al estatus de mera introducción a lo que espero sea una crónica de madurez subjetiva, con el refuerzo positivo que espero me suponga la conciencia sobre mis propias fallas. En el fondo, crecer no está tan mal, es un simple ejercicio de adaptación que la naturaleza lleva ejecutando millones de años. Como dice Mr Antolini a Holden Caulfield al final de El Guardián Entre el Centeno “verás que no eres el primero a quien la conducta humana ha confundido, asustado y hasta asqueado. Te alegrará y te estimulará saber que no estás solo en ese sentido. Son muchos los hombres que han sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que tú ahora. Felizmente, algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si tienes algo que ofrecer. Se trata de un hermoso acuerdo de reciprocidad. No se trata de educación. Es historia. Es poesía”.

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