El sentido común y, sobre todo, la experiencia, me enseñaron que el interés que posee determinada persona para con uno se puede discernir de la atención que dicho sujeto nos presta. Aplicando tal conocimiento a mis relaciones actuales, llego a la irrefutable conclusión de que aproximadamente un 70% de mis allegados no me tiene el más mínimo apego.

Por suerte, existe una convención social que establece que el comportamiento de la mayoría sienta las bases de lo aceptable. Gracias a ello debería sentirme un poco mejor ante el hecho de que alguien me llame para ir a tomar una caña y, tras haberme dado los dos besos de rigor, hunda la cara en su smartphone para no levantarla hasta que toca volver a juntar mejillas en señal de despedida. O que sea de esos que nada más sentarse colocan el móvil religiosamente sobre la mesa para poder consultarlo a intervalos irregulares de entre 2 y 10 segundos. Las pautas de conducta actuales indican que estas situaciones, consideradas irrespetuosas hasta hace a penas un lustro, hoy en día son de lo más común, y que debería mostrarme conforme con ello en lugar de pasarme la hora y media de reunión fantaseando acerca de la mejor manera de estamparle el teléfono en la cara a mi interlocutor.

Sin embargo, mi absoluta falta de autoestima, que acostumbra aparecer acompañada de una buena dosis de pesimismo, me lleva a cuestionarme a título personal el interés que en mí deposita esa persona que con tanto entusiasmo decía querer quedar conmigo. Durante los larguísimos silencios que se producen mientras espero a que mi acompañante termine de teclear, me planteo lo lógico: “para qué hostias he venido?“. Podría sacar el libro que llevo en el bolso para no aburrirme tanto y hacer algo provechoso de la tarde, pero puestos a invertirla leyendo, más me valdría estar en sofá de casa, sin zapatos ni pantalones, y no en una incomodísima silla de terraza con palomas acechando de forma siniestra la ración de tortilla que descansa sobre la mesa.

No quiero caer en discursos de vieja pureta, porque todos tenemos móviles y todos los miramos de vez en cuando. Y de vez en cuando también escribimos, sea para responder a un mail del jefe o para decirle a tu compañero de piso que te espere para pedir pizza. Lo que me encrispa hasta el punto de echarme atrás a la hora de volver a quedar con alguien, es verlo(a) mantener diversas conversaciones paralelas, siendo la mía la menos urgente de todas. ¿Soy egoísta al pedir un poco de exclusividad? Puedo no ser la compañía idónea, pero eso tiene tan sencillo remedio como un simple no quedes conmigo.

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